Comer demasiado

En el título de este opúsculo está formulada una vieja ofensa, piedra en el zapato que el género literario ligero exige. Pero las modas pasan, y lo que antes fuera objeto de querella ahora reina sin discusión. Nos resistamos o no, somos presos del pueril gusto del momento, aunque finjamos. Puestos todos, escritor y lector, en época pretérita, el adverbio “demasiado” al lado del verbo “comer” hubiera provocado las más arduas batallitas e, incluso y para gozo del vulgo, el degollamiento público del autor. ¡¿Comer demasiado?! ¡Válgame Dios!

Como no soy jacobino ni estoy adscrito a la arrabalería intelectual de la izquierda nueva, obviaré cualquier grandilocuencia sobre el hambre. Y no porque no haya habido hambre, aquí y allá, ancha y barroca tierra; e incluso sed sigue habiendo mucha. A pesar de eso, nunca ha faltado la conciencia dionisíaca en los atemorizados hombres de la ibérica, por lo que pueda suceder mañana. Fuimos imperiales, excesivos y enjutos, y así seguimos viéndonos en el espejo de casa. Nos queda también, de tal época grande, literaria, la gana recurrente del inmortal puchero: “Una reverenda olla a la usanza de la aldea; que no habrá cosa que coma con más gusto… que por ser grosera y tosca tal vez la estimen los reyes” (Lope de Vega). La afilada sombra castellana, su legendaria austeridad, ya es materia espiritual, dedo de un Dios cristiano que nos guió por la geografía de Europa, donde impusimos nuestra marmita de carnes y legumbres. Respecto al invariable vacío en el estómago de aquel Ancien Régime, veamos lo que el gran Revel dice: “Verdaderamente, si la clase campesina francesa sólo se hubiera alimentado desde el siglo X con algunos magros mendrugos de pan y un caldo de raíces hervidas, resultaría imposible ver la procedencia de la riqueza y la diversidad de la cocina popular francesa, tan enjundiosa.” Y sigue por el mismo camino hasta la cultura del salchichón y demás preparaciones porcinas, lo cual nos permite pensar no sólo en la Galia, también en España, tierra de embutidos: “Si únicamente los aristócratas o sus cocineros hubieran fabricado y consumido la prodigiosa variedad de jamones, tocinos, salchichas, salchichones, patés y chicharrones de todas clases que tanto abundan […] ¿por qué fueron los campesinos tan grandes compradores de sal y por qué se habrían rebelado contra el impuesto sobre la sal desde que en el siglo XIV se instituyó esa gabela tan famosa?” Porque, querido lector, si un hambre terrible y gruesa despertó la gran revolución, fue política, saciada además en sus gloriosas jornadas con carne del hermano. Una magnífica masacre.

En la literatura del recuerdo goloso está documentado el hecho de que nuestros antepasados comían más que nosotros (y a veces mejor, no está de más afirmarlo). Memorables son las noticias de aquel Rey Sol, quien, en un almuerzo de diario daba cuenta de “cuatro platos de distintas sopas, un faisán, una fuente de ensalada, una perdiz, una pierna de cordero, dos lonchas de pernil y dulces, frutas y confituras”. Y soberbia es María Leszczyńska, reina consorte de Francia y Navarra, que celebró un parto múltiple con la ingestión de quince docenas de ostras, según reseña el conde de Sert. Ah, cosas de reyes, podremos afirmar, sin menoscabo del formidable apetito de nuestros Borbones, al menos hasta el emérito rey. Sin embargo, ya en época contemporánea queda formulado el típico menú burgués de tres servicios, referente canónico para todo el periodo, que habría ido adelgazando hasta los flacos días. Veamos dicho menú, recogido por Brillat-Savarin:

Primer servicio:

Caldo

Entrada de ternera cocida

Entremés

Segundo servicio:

Legumbres

Ensalada

Crema (a veces)

Postres (fruta, queso)

El mismo autor, a finales del siglo XVIII, anuncia ya un azote pedagógico en nuestros tiempos dominante, la preocupación por la línea: “Nunca he dejado de considerar mi barriga como un enemigo terrible; la he vencido y he hecho que se fije con cierta majestad, pero para vencerla hubo lucha.” Aunque el gastrónomo, por la dorada época suya y lo que relata, no parece rehusar manjares ni vino y recomienda, en cualquier caso, llevar una faja que contenga moderadamente la barriga.

En el caso barcelonés, la debacle de su mapa gastronómico se ejecutó a costa de comer mal y poco (quizás sea la única buena noticia de dicho asunto); o comer cosas inidentificables pero alimenticias del cliente fatuo. Una especie de revolución idiota que ha dejado un monótono erial. Hemos alcanzado ese triunfo irónico de alzar lo culinario vaciándolo de contenido, de centenaria cultura. Las mesas tristes. Incluso un joven como yo guarda el recuerdo vívido de las pantagruélicas sentadas del abuelo, costumbre hoy desterrada en el ámbito doméstico, o al menos del urbano. Numerosas y poderosas son las instituciones que llevan décadas bombardeando al occidental medio con mensajes apocalípticos sobre lo que debe o no comer. Así, arañando la feliz libertad de sentarse a la mesa y dar cuenta de lo que plazca, expresión civilizatoria, hemos ido convirtiéndonos en flagelos de nuestros propios placeres. Para vivir como esclavos y morir sanos.