Un festín en la cama

Andaba yo perfumándome con las letras de Cunqueiro sobre la ascendencia del faisán de Sálvora, que bien pudiera ser un monje croata convertido en ave y llevado en jaula de plata a Compostela a la espera de milagro, cuando me venció el sueño. Había cenado jamón de Montánchez, que gustaba mucho a Carlos V, regado con vino frondoso de La Rioja Alta. Esas materias me procuraron una visión nocturna, horizontal de sábanas blancas y luces voluptuosas. Viajero en cama, noté que aquello era una partida ascética, con bellas alforjas y un sinfín de sorpresas. El vino formaba el bosque intelectual y los manjares, que comenzaron a presentarse sobre una larga mesa de hilo, servían a un feliz corolario: la Civilización era salvada de su derrumbe, y yo que lo soñaba.

Hacia los límites de la mesa, junto a unas casas labriegas pintadas por Brueghel, apareció un cerdo volando, inconmensurable facultad que le otorgaba al animal el supremo cetro imperial sobre las cristianas cocinas del occidente. En virtud de ave porcina, lo rellenaron de manzanas y castañas y lo asaron después, pacientemente, hasta quedar su piel dorada, del brillo denso del Bósforo, volvamos a Constantinopla.

Mientras las gentes del campo se daban al festín, un cielo de azul y oro cubrió la mesa. Y, como en el banquete de Persépolis por los 2.500 años de la monarquía, cien camareros de Maxim’s iban sirviendo un menú de Ange García, marmitón fogoso de Perpiñán: la mousse de berenjenas, los ravioli de liebre, el escabeche de foie de pato al vinagre de Jerez, el consomé de ostras y langosta, la crema de becada y perdiz con yema y trufas, el bonito con foie, trufa y oporto, la lengua de ternera fría, el hojaldre de mollejas. Las líquidas fruslerías eran un Château Lafite Rothschild, célebre perfume y estilo, y un champán, servido en enormes copas pompadour, encontrándose dentro de cada copa una señorita desnuda.

No estaba yo añorando nada: habían hecho aparición unas bailarinas estupendas, rubias y con naricitas vikingas. Una de ellas susurraba a mi oído, al tiempo que se movía con disoluto estilo, la receta de los ravioli: “asarás la liebre desnuda, adornada con flores de tomillo, zanahorias y cebollitas. Triturarás luego el animal, añadiendo huevos y pan mojado en leche. Amasarás la pasta de harina blanca, vigorosamente, hasta formar los ravioli. Abiertos, cólmalos con el animal, llévalos hasta el hervor y, al final, cúbrelos con los jugos del primer calor.” Todo me era favorable cuando -España que no concedes tregua- surgió de no se sabe dónde el buscón barroco, en busca de algún nabo aventurero. Fijándome en él espeté: ¡Mal ingenio te acabe! Las bailarinas nos miraron, y fue su última mirada. El fasto onírico, de tanto apretar yo sus dulces mieles, daba a su fin. Ahí fue cuando, unos segundos antes de despertar, La Rochefoucauld me dijo: “Lo que nos impide abandonarnos a un solo vicio es que tenemos varios”.