La coliflor

Llegabas, reinona fea, a millones de mesas con hule, en tu carroza de duralex. Exhalando vapores que, ya dos horas antes, habían inundado el cielo, las conciencias y hasta los últimos rincones de la casa. Incluso el patio de luces, María la del quinto está haciendo hervido, mientras el niño se tapaba la nariz al tiempo que mojaba galletas en un vaso de leche. Mamá, ¿qué hay hoy de comer? Cuántas amenazas de tu aparente candidez. Llegabas, decíamos, inevitable, planeta blanco, redondez supuestamente inocua. Poderosa de imagen anodina y curvas hiperbólicas. Ibas, la mayor de las veces, custodiada por unas pobres patatas, qué sufrimiento estas, baño bautismal junto a tus gases y volteretas en la olla hirviendo. Salías de allí algo purificada, humeante promesa de aburrimiento, segura de tu victoria sobre aquellos estómagos republicanos pero obedientes. Hubo quien te vistió de leche y oro fundidos. O quienes te bañaron con púrpura y ajos fritos. Pompa ingeniada para disimular tu alma flatulenta. Si el cocinero Adrià te hubiera tenido en cuenta, de ti habría sacado un plato para la Historia: ¡voilà, el pedo de coliflor!

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