La resaca

No se conoce apenas literatura sobre este fenómeno clínico, pasajero e insidioso. Ya saben, conspicuos bebedores, la cantidad de espiritoso líquido ingerido y el proporcional malestar a padecer: corcho en que deviene la lengua, tan serpenteante y húmeda la noche anterior; sombras cubriendo la mente, altavoz de la brega cardiaca. La resaca es un desértico valle a salvar, penosamente, como un príncipe exiliado de la juerga. Sí, hay poco escrito sobre ella, y tampoco nada importante concebido bajo su abominable dominio. Hallado he una antigua fuente, este epigrama de Macedonio de Tesalónica, súbdito del emperador Justiniano: 

«Ayer, que estaba enfermo, me atendió un asesino,

un médico que me prohibió el néctar de las copas.

Me dijo que bebiese agua, el cabeza hueca; no llegó a aprender

la lección de Homero: la fuerza de los mortales es el vino.»

Según B. Ortega Villaro, la enfermedad a la que se refiere ese texto puede ser la resaca, y como no seré yo quien lo cuestione, tendré la cita como la más remota acerca del mal que nos ocupa. 

«Del tesón duro la mortal resaca», robo del poemario español, alibí para refrendar que si la resaca es una penitencia, la perseverancia tiene idéntica bendición. Y así nos pasa la vida, libando con conciencia del deber, edulcorando el alma herida, henchida o, sencillamente, remando al viento del devenir. Hay infinidad de tipologías humanas en busca de (o sorteando) la resaca, metáfora de las obras y los días. Algunas notables, como aquellos señores Wyld y Ralph Greatorex, que no pudieron resistirse a probar una especie de licor en que se hallaba conservado el cuerpo de John Colet, dentro de un ataúd de plomo, según relata John Aubrey. Entre el infinito elenco de voluntariosos, está así mismo el primer ministro Winston Churchill, ahora de tan moda, poseedor quizás de aquella sabiduría popular que dice que una resaca se esquiva con más alcohol: apunta Charles Percy Snow que no era alcohólico, «solamente bebió día tras día, cada día y todo el día, durante toda la vida». Cierto que un buen entrenamiento fortalece.

Disponemos de una solitaria autoridad en la materia, Kingsley Amis, quien atesora valiosas observaciones y consejos. Habría, según este experimentado bebedor, dos resacas: la física y la metafísica. Para la primera, el escritor anima a ejecutar el acto sexual con la persona que esté al lado en la cama, (a no ser que uno se encuentre con alguien con quien no debería estar y sea consciente de que tal cosa no es correcta). También recomienda hincharse a agua, afeitarse (los hombres y las mujeres barbudas, infiero), no tomar bicarbonato, evitar el trato con los amigos y volver pronto a la bebida, por vía de un Fernet Branca u otro bitter similar. 

La resaca metafísica constituiría una superestructura «que la convierte (afortunadamente) en un camino privilegiado hacia el autoconocimiento y la autorrealización». Amis propone afrontarla con valentía y leyendo alguna cosa que alegre el espíritu, por ejemplo la descripción de Solzhenitsyn sobre la vida en un campo de concentración soviético, existencia a las claras mucho peor que la del resacoso.

Quisiera, para finalizar esta nota, traer un cóctel combativo, en mi opinión más agradable que un bitter especiado y sin duda beneficioso para superar el trance: Bull Shot, similar al Bloody Mary y a la mexicana Michelada (o su variante con Clamato) y que, sospecho, debe parecerse a la fórmula secreta que el mayordomo Jeeves preparaba al señorito Bertie Wooster, al despertar éste tras una noche de jarana.

Bull Shot

En un vaso collins (o similar), mezclar vodka, salsa Worcestershire, salsa Tabasco, pimienta molida, sal y el zumo de medio limón. A continuación añadir hielo, cubrir con consomé de ternera frío (sí, pueden hacerlo con aquellas pastillas de consomé instantáneo en caso de vagancia o de urgencia) y remover. Verán el mundo abrirse, de nuevo, a las próximas y excitantes aventuras.  

Un festín en la cama

Andaba yo perfumándome con las letras de Cunqueiro sobre la ascendencia del faisán de Sálvora, que bien pudiera ser un monje croata convertido en ave y llevado en jaula de plata a Compostela a la espera de milagro, cuando me venció el sueño. Había cenado jamón de Montánchez, que gustaba mucho a Carlos V, regado con vino frondoso de La Rioja Alta. Esas materias me procuraron una visión nocturna, horizontal de sábanas blancas y luces voluptuosas. Viajero en cama, noté que aquello era una partida ascética, con bellas alforjas y un sinfín de sorpresas. El vino formaba el bosque intelectual y los manjares, que comenzaron a presentarse sobre una larga mesa de hilo, servían a un feliz corolario: la Civilización era salvada de su derrumbe, y yo que lo soñaba.

Hacia los límites de la mesa, junto a unas casas labriegas pintadas por Brueghel, apareció un cerdo volando, inconmensurable facultad que le otorgaba al animal el supremo cetro imperial sobre las cristianas cocinas del occidente. En virtud de ave porcina, lo rellenaron de manzanas y castañas y lo asaron después, pacientemente, hasta quedar su piel dorada, del brillo denso del Bósforo, volvamos a Constantinopla.

Mientras las gentes del campo se daban al festín, un cielo de azul y oro cubrió la mesa. Y, como en el banquete de Persépolis por los 2.500 años de la monarquía, cien camareros de Maxim’s iban sirviendo un menú de Ange García, marmitón fogoso de Perpiñán: la mousse de berenjenas, los ravioli de liebre, el escabeche de foie de pato al vinagre de Jerez, el consomé de ostras y langosta, la crema de becada y perdiz con yema y trufas, el bonito con foie, trufa y oporto, la lengua de ternera fría, el hojaldre de mollejas. Las líquidas fruslerías eran un Château Lafite Rothschild, célebre perfume y estilo, y un champán, servido en enormes copas pompadour, encontrándose dentro de cada copa una señorita desnuda.

No estaba yo añorando nada: habían hecho aparición unas bailarinas estupendas, rubias y con naricitas vikingas. Una de ellas susurraba a mi oído, al tiempo que se movía con disoluto estilo, la receta de los ravioli: “asarás la liebre desnuda, adornada con flores de tomillo, zanahorias y cebollitas. Triturarás luego el animal, añadiendo huevos y pan mojado en leche. Amasarás la pasta de harina blanca, vigorosamente, hasta formar los ravioli. Abiertos, cólmalos con el animal, llévalos hasta el hervor y, al final, cúbrelos con los jugos del primer calor.” Todo me era favorable cuando -España que no concedes tregua- surgió de no se sabe dónde el buscón barroco, en busca de algún nabo aventurero. Fijándome en él espeté: ¡Mal ingenio te acabe! Las bailarinas nos miraron, y fue su última mirada. El fasto onírico, de tanto apretar yo sus dulces mieles, daba a su fin. Ahí fue cuando, unos segundos antes de despertar, La Rochefoucauld me dijo: “Lo que nos impide abandonarnos a un solo vicio es que tenemos varios”.