Carta de una desconocida

Amables lectores, me ha llegado al buzón de estas Españolerías la misiva que incluyo más abajo y que deseo compartir con ustedes. Hacerles partícipes, también, de la sorpresa de haberla recibido y la no menor conmoción tras haberla leído. Dice así:

“Querida amiga

Hace años confié en su persona, estaba desesperada porque el señor de la casa en la que trabajaba como sirvienta se metía en mi cama todas las noche. Vi la luz en su sencilla respuesta a mi angustiada pregunta: ¿qué hago señora Francis?

Han pasado treinta años y ahora es una conocida mía la que pide su ayuda. No diré que es rematadamente fea y arpía, pero sí que tiene muy mal mirar y peores intenciones. La cuestión refiere que ayer, en cuarentena y llevada posiblemente por la ansiedad y la soledad (aunque nunca se haya preguntado el porqué), lo que en principio era un disfrute gastronómico deparó en un terrible atracón. La cosa, evidentemente, no quedó ahí.

Tras una corta, pero intensa carrera con tacones de madera por el pasillo, logró llegar a la taza antes que el trueno, dice mi amiga que vive en el ático. Y sintió la presencia del alivio, y allí no había ningún abogado.

Las vecinas, de las que no daré los nombres, me comentan que, sobre las cuatro de la tarde, en el sofá, entre cabezadas, el Merlosplei y las cavernas azules, verdes y rojas, les sobresaltó lo que pensaban era el accidente de un helicóptero en su edificio. Primero, el rápido y fuerte crepitar de las aspas recorriendo el terrado y el tremendo estallido final de la aeronave. Después, algunas dicen que escucharon lluvia entre suspiros y otras que cayó agua para mojar peces.  

Ella asegura que todo pasó, literalmente, tras cuatro cisternas vaciadas. Incluso cree que llegó a desconfinarse, “m’he desconfinao entera”, repite; el vocabulario está a la altura de su figura. Y la escatología (no hablo de la doctrina) al gusto de la catalanidad, lo del caganer y eso, ya sabe.

Querida Elena: ¿pueden multarla por saltarse el confinamiento, estando sentada en su propio hogar? Por último, le doy las gracias por avisarnos con mucho adelanto de los peligros de la masculinidad. Cuánta razón tenía. Le aseguro que, a pesar de todo el tiempo pasado, los hombres siguen siendo proclives al adulterio. 

Atte.,

A(tormentada).”

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